Bautizada como Ayacucho por Simón Bolívar, casi todos insisten en llamarla por su nombre primigenio, Huamanga. Cordial y apacible urbe, donde se puede buscar a Dios en su rosario de iglesias, charlar bajo el fresco de sus patios solariegos, y distraer al hambre con las chaplas, pan tradicional carente de migas.
La plaza principal de Ayacucho es única en el Perú por estar rodeada de arquerías de piedra en sus cuatro costados. Algunos monumentos como la iglesia de San Cristóbal datan del lejano 1540, año de la fundación de la ciudad. Y, aunque en los últimos años han asomado restaurantes modernos en las adoquinadas calles del centro, lo que destaca es la magnificencia de algunas viejas casonas que guardan correspondencia con la bella arquitectura religiosa.
Es difícil no sentir un estremecimiento en el Santuario Histórico de la Pampa de Ayacucho, al encontrarse de golpe con la historia en ese extenso pastizal natural donde en 1824 se sellara la Independencia del continente americano. Y, a pocos minutos, el pueblo de Quinua, con sus casas blancas y sus calles dormidas, nos devuelve nuevamente la tranquilidad para apreciar serenamente el trabajo experto de artesanos que perpetúan la tradición alfarera de los antiguos Wari. Ayacucho es una tierra de paz y esperanza de tiempos mejores.
La plaza principal de Ayacucho es única en el Perú por estar rodeada de arquerías de piedra en sus cuatro costados. Algunos monumentos como la iglesia de San Cristóbal datan del lejano 1540, año de la fundación de la ciudad. Y, aunque en los últimos años han asomado restaurantes modernos en las adoquinadas calles del centro, lo que destaca es la magnificencia de algunas viejas casonas que guardan correspondencia con la bella arquitectura religiosa.
Es difícil no sentir un estremecimiento en el Santuario Histórico de la Pampa de Ayacucho, al encontrarse de golpe con la historia en ese extenso pastizal natural donde en 1824 se sellara la Independencia del continente americano. Y, a pocos minutos, el pueblo de Quinua, con sus casas blancas y sus calles dormidas, nos devuelve nuevamente la tranquilidad para apreciar serenamente el trabajo experto de artesanos que perpetúan la tradición alfarera de los antiguos Wari. Ayacucho es una tierra de paz y esperanza de tiempos mejores.

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